--¡Animo! ¡Animo! --murmuró el mosquetero; --el caballo blanco
quizá se debilite también, y si no cae
el caballo, caerá su amo. Pero caballo y caballero, continuaron derechos
unidos, y poco a poco ganaron
terreno.
D'Artagnan lanzó un grito salvaje que hizo volver el rostro al Fouquet,
cuya montura conservaba bastan-
tes fuerzas.
--¡Famoso caballo! --dijo con ronca voz D'Artagnan. --¡Voto al diablo!
señor Fouquet, en nombre del
rey, daos preso. --Y al ver que fouquet no respondía, aulló: --¿Me
habéis oído, señor Fouquet?
El caballo de D'Artagnan dio un paso en falso.
--Sí, contestó lacónicamente el ministro.
D'Artagnan estuvo para volverse loco, la sangre afluyó a las sienes y
a los ojos.
--¡En nombre del rey, deteneros, u os derribo de un pistoletazo! --gritó
el mosquetero.
--Derribadme, --exclamó fouquet corriendo siempre. D'Artagnan tomó
una de sus pistolas y la amarti-
lló, esperando que el ruido al amartillarla detendría a su enemigo.
También vos lleváis pistolas, defendeos,
--le dijo.
Fouquet volvió el rostro, y mirando al gascón cara a cara, se
desbrochó con la mano derecha el jubón; pe-
ro no tocó a las pistoleras.
Entre ellos apenas había veinte pasos.
--¡Voto al diablo! --exclamó D'Artagnan, --no os asesinaré;
si no queréis disparar contra mí, rendíos.
¿Qué es la prisión?
--Prefiero morir, --respondió Fouquet; --así sufriré menos.
--Bueno, os prenderé vivo, --repuso D'Artagnan loco de desesperación
y arrojando su pistola.
Y haciendo un prodigio de que sólo era él capaz, puso su caballo
a diez pasos del caballo blanco; ya esti-
raba la mano para agarrar su presa, cuando Fouquet exclamó:
--Matadme; es más humano.
--No, vivo, vivo.
Pero el caballo de D'Artagnan dio otro paso en falso, y perdió terreno,
y Fouquet se adelantó.
Al galope desencadenado había seguido el trote largo, y a éste
el simple trote; la carrera parecía tan fre-
nética como al principio a aquellos fatigados atletas.
--¡A vuestro caballo, no a vos! --gritó D'Artagnan fuera de sí,
empuñando la segunda pistola y dispa-
rando sobre el caballo blanco. El animal, herido en la grupa, dio un brinco
terrible y se encabritó; pero el de
D'Artagnan caía muerto.
--Estoy deshonrado, --dijo entre sí el mosquetero, --soy un miserable.
Y levantando la voz, añadió: --
Señor Fouquet, por favor, echadme una de vuestras pistolas para levantarme
la tapa de los sesos.
Fouquet siguió su marcha.
--¡Por favor, por favor! --exclamó D'Artagnan, --lo que no queréis
en este instante, le haré dentro de
una hora. Hacedme este favor, señor Fouquet: dejadme que me mate aquí,
en este camino, y así moriré co-
mo un valiente estimado.
Fouquet continuó trotando y callado.
D'Artagnan echó a correr tras su enemigo, y sucesivamente fue arrojando
al suelo su sombrero y su casa-
ca, que le incomodaban, la vaina de su espada, que se le metía entre
las piernas, y por último no pudiendo
sostenerla en la mano, su espada.
El caballo blanco agonizaba, y D'Artagnan iba acercándose. Agotadas ya
las fuerzas, el animal pasó del
trote al paso corto, y poseído del vértigo y echando sangre y
espuma por la boca, mo vía violentamente la
cabeza. D'Artagnan hizo un esfuerzo desesperado; de un brinco se echó
sobre Fouquet, y asiéndole de una
pierna, dijo con voz entrecortada y jadeante:
--Os arresto en nombre dei rey. Ahora sacadme los sesos de un pistoletazo, los
dos habremos cumplido
con nuestro deber. Fouquet arrojó lejos de sí, al río,
las dos pistolas de que pudiera haberse apoderado el
gascón, y se apeó, diciendo:
--Me entrego. Ahora apoyaos en mi brazo, pues vais a desmayaros.
--Gracias, --murmuró D'Artagnan que efectivamente, sintió que
le faltaba la tierra y el cielo se le venía
encima, y cayó sin fuerzas y sin aliento.
Fouquet bajó al río, recogió agua en su sombrero, y volviendo
adonde el mosquetero, le refrescó las sie-
nes y le vertió algunas gotas en los labios.
D'Artagnan se incorporó, mirando alrededor y al ver al ministro con su
humedecido sombrero en la mano
y sonriendo con inefable dulzura, exclamó:
--¡Cómo! ¿no habéis huido? ¡Ah, monseñor!,
en punto a lealtad, corazón y alma, el verdadero rey no es
el Luis del Louvre, ni el Felipe de Santa Margarita, sino vos, el proscrito,
el condenado.
--Pero, ¿cómo vamos a arreglarnos para regresar a Nantes? Estamos
muy lejos.
--Es verdad, --contestó el mosquetero.
--Quizás el caballo pueda regresar. ¡era tan buen corcel! subíos
sobre él, señor de D'Artagnan; yo iré a
pie hasta que hayáis descansado.
--¡Pobre bestia! ¡Herida! --dijo el gascón.
--Todavía podrá caminar, la conozco: pero montemos sobre ella
los dos.
